DE LA PLAZOLETA ANDALUZA AL JARDÍN DE LAS DELICIAS


Ahora la Selección está engalanada de una alfombra roja donde unos pequeños jugones se enfundan La Roja, con mayúsculas, para infundir respeto en cada rincón del mundo. Están en la cúspide del fútbol y van muy en serio a por el cetro mundial. Son un orgullo para todos los españoles. Ellos no dan soluciones a la crisis, pero sí alegrías.

Sin embargo, no hace mucho tiempo, los andaluces que jugábamos día sí y día también en las plazoletas de cemento, no gozábamos con la Selección española. No era el regocijo idóneo para unos renacuajos que preferían otros gustos futbolísticos más cercanos como el Sevilla de Tsartas, el Betis de Finidi y Alfonso, el Málaga de Dario Silva y Dely Valdés, y el Cádiz, en fin, mi Cádiz...

Tampoco poseíamos un grito de guerra como el Podemos. El entusiasmo por nuestro combinado nacional era casi nulo. El varapalo era un ritual. La liturgia de caer eliminados en cuartos, una tradición. Aquel egipcio de cuyo nombre no me quiero acordar hizo añicos a cada una de nuestras esperanzas depositadas en Raúl, Casillas, el andaluz Diego Tristán y en el sudor que desprendían las axilas de Camacho. Era el cuento redundante con el título de: sangre, sudor y lágrimas. Y es que era para echarse a llorar. Las perspectivas de futuro eran pésimas. La historia siempre se repetía. Para más señas, "los plazoleta andaluces" tenemos guardado en la memoria a jugadores como Ivan Campo o Raúl Bravo vistiendo la Roja. No había ningún osado que se eligiera ni en la Sega primero, ni en la Play Station después, a España. ¿Brasil con Rivaldo, Ronaldo, Francia con Henry, Zidane o España con Raúl Bravo? El complejo de inferioridad era evidente.

No nos engañemos, el jardín de las delicias, al más puro estilo del granadino Francisco Ayala, ha venido justo después de la generación de Los Plazoleta andaluces. Éramos los más pillos, los más listillos, pero al final siempre nos tomaban el pelo. Necesitábamos pulir errores y refinarnos. Siendo Lazarillos nos comeríamos muy poco fuera de nuestro territorio. Al fútbol de la calle le urgía un aliño estructural en la formación de los futbolistas. Los partidos de remontadas épicas en nuestro rectángulo favorito, los torneos veraniegos que siempre terminaban en trifulca, eran lo máximo. Lo habíamos heredado de antaño. Las limis o los triangulares tenían el rifi rafe como punto final. La jerarquía era la jerarquía. Los pequeños por otra parte, intentaban robarnos el balón como podían. Eran partidos para machos y hombres dispuestos a dejarse la piel. Al final los más pequeños apredieron a base de pelotazos. Ellos tenían que dar lo mejor de sí por mera supervivencia. No triunfarán pero seguro que si hoy jugáramos un partido nos darían un baño y nos pintarían la cara.Porque saben tocarla y moverla con fluidez. A fin de cuentas, juegan de memoria. Como lo hace España.

No obstante, nuestros pequeños jugones Xavi, Iniesta, Villa poseen en el ADN el ribosoma del instinto debido a las tardes que como nosotros se llevaron desde las cuatro hasta la hora que fuera posible. La plazoleta de cemento y los Raúl Bravos se transformaron en el jardín de las delicias configurados por pequeños Mosqueteros que conocen los entresijos del fútbol funcional pero que no olvidan la máxima de sus patriarcas del cemento de la plazoleta andaluza: "Uno para todos y todos para uno". Ramos y Navas lo han vivido en primera persona en Camas y en Los Palacios. Esa es la seña que nos ha llevado al éxito. Por fin estamos en semifinales. Venceremos a los bávaros y estaremos en la Final del domingo. Y la ganaremos ante Holanda. Seremos Campeones del Mundo y los de las plazoletas andaluzas estaremos para contarlo. Es la particular limi en cemento para Ramos, Marchena o Navas, mejor dicho alemana, pero esta vez será en el Jardín de las delicias de Sudáfrica con sus respectivas vuvuzelas y nuestros particulares gritos andaluces. Se sentirán como en casa, como en la plazoleta, como en Andalucía. Porque no son futbolistas de camerino, son tipos sencillos de la calle que han mamado el fútbol en la Plazoleta. ¡Podemos!

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