Nadal, el deportista

Michael Jordan: "Algunas personas quieren que algo ocurra, otras sueñan con que pasara, otras hacen que suceda"

No hay mejor definición para la palabra deportista que el nombre de Rafa Nadal. Su fuerza mental, que le permitió sobreponerse a la elegancia de Federer con asiduidad, aún no ha logrado imponerse ante el torbellino de Novak Djokovic. O quizá sí, primero porque en la final del Open de Australia ha comprobado en sus propias carnes que se le puede ganar, segundo porque retar al destino es capacidad acotada solo para campeones y tercero por su respeto absoluto hacia todo lo que le rodea. En próximas reuniones, los académicos deberían adaptar en los diccionarios esta nueva acepción para el término deportista.

 Jorge Valdano en una entrevista para El país lo definía así: "Es el deportista que mejor representa al Real Madrid, cuando gana porque se deja la vida en el campo y cuando pierde porque lo hace con nobleza". El triunfo es muchas veces impostor. El éxito no nos hace mejores. Es la lucha por conseguirlo, el verdadero baremo para la grandeza. Por eso, existen derrotas que engrandecen tanto o más que las victorias.

Tras un partido épico y repleto de emociones, en el que Djokovic y Nadal se exprimieron al máximo, el manacorí, sucumbió ante el actual número 1 del mundo como sucumben los más grandes. De pie. Con gestos de dolor, dichos con gritos a la hora de golpear la pelota y siempre callando, a través del silencio en el descanso de la batalla. Sin numeritos. "Una regla no escrita del tenis dice que si estás cansado debes esforzarte porque no se note", argumenta Rafa en su biografía escrita por John Carlin. 

Para mi gusto, la faceta mágica y casi santorial del tenis reside en el poder envolvente que atesora. En medio de la batalla deportiva, los aficionados enmudecen para escuchar a los gladiadores. Después toman la palabra. Y Nadal continuamente les hace partícipes en su oasis particular para abstraerse. Luego siempre tiene palabras de agradecimiento para el público. Juega para ellos. No en vano, tras caer derrotado, repitió unas treinta veces "Thank you". Gracias a todos. Desde su contricante, al árbitro, a los recogepelotas, a los patrocinadores pasando por toda esa gente que le anime o le pite, al final de cada encuentro caen rendidos al encanto del hombre de los imposibles. Que llegaran al quinto set, si le profesan amor al tenis, lo celebraron hasta los serbios.

Ahora al español le ha salido un competidor magnífico como Djokovic. El serbio le tiene tomada la medida hasta el momento. En la pista es Atila con raqueta, un híbrido de Nadal y Federer, y aunque a veces cambie las buenas formas ("le hubiera gustado que hubiera hoy dos ganadores") por las alharacas y aspavientos, es ya uno de los grandes por su tenis lleno de técnica depurada, como su cuerpo y dieta; sin gluten.

Los españoles deberíamos quitarnos el sabor amargo que deja la derrota. La de Rafa Nadal no es tal porque nos enseña el deporte que sirve pese a que no salga triunfante. El tenista español como guerrero Zen desde la impasibilidad no para de ennoblecerlo y paradójicamente, alejarlo del utilitarismo y resultadismo. A pesar de su condición de tenista más joven de la historia en conseguir los cuatro torneos de Grad Slam, su mayor título no se mide en trofeos sino en valores.

Cada partido de Nadal es un elixir de vida que se nutre del manjar del tesón y la fe en buena lid. La naturalidad y cotidianidad que ha mostrado en el ganar las mantiene intactas en el perder y tiene una amalgama de respuestas para cualquier tipo de adversidad. La última se llama Novak y se apellida Djokovic. Está más cerca que nunca de batirla. El serbio queda advertido que como gran deportista Nadal no bajará los brazos jamás.

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