Somos los goles que hemos vivido



Hay goles que cambian una vida, que nos marcan un destino. El del Barcelona ante el Chelsea en el último minuto supuso un antes y un después en la mía. Se trataba de mi primer curso como universitario y se repetía como de costumbre esa típica reunión de estudiantes para ver el fútbol en un bar. Por el mes de mayo, la carrera ya me había decepcionado lo suficiente como para darme cuenta de que para ser lo que siempre quise ser, poco importaba lo que hiciera en la facultad. Nada curte más que un desengaño. Los estudios se convirtieron en un filtro y el oficio en una auténtica vocación. Entendí que el fútbol era la excusa perfecta para hablar de todo lo demás y conocernos mejor.

Siempre he sido muy pero que muy madridista. Hasta dije que quería hacer la comunión con el chándal del Real Madrid. Y al final me compraron la vestimenta, aunque no me quedó más remedio que ir de almirante y esperar radiante unos días para sacar orgulloso todo mi vestuario merengue con la octava Copa de Europa.
Podría haber escogido cualquier gol de Raúl, que es el futbolista al que más he admirado y admiro; o el de Zidane, que es al que acuden los madridistas más nostálgicos. O el de Oli con mi Cádiz en Chapín visto en directo en Jerez y sacado en la previa por la cámara del plus. Sin embargo el maravilloso tanto de Iniesta en Stamford Bridge obró un milagro, me hizo sentir pequeño y mayor a la vez.

 Me contaron algunos compañeros culés que se fueron a celebrar el gol hacia mi asiento con gestos canallescos. Esa cosa que tiene el fútbol y que lo hace más atractivo. En una hinchada el exceso de moral es mera moralina y vivir un partido a lo bibliotecario, sinónimo de represión, de hacer el amor con una muñeca hinchable. Pero yo ya no estaba ahí sentado y se pensaron que me había ido a la caverna  junto a la tropa de antibarcelonistas aullando contra el tal Ovrebo.


Hasta que se percataron de que el golazo de Iniesta  me unió en un abrazo a los culés que celebraban sin complejos de inferioridad. El juego desplegado por el equipo de Guardiola me había seducido tanto en la temporada que no pude evitarlo.  Tuve que cantarlo. Fue la primera vez que uní la razón con el corazón y la emoción con el pensamiento. Como dice Galeano había sentipensado el fútbol. Un término de procedencia pesquera, nada de verbo repipi.

Entiendo muy bien a los madridistas, como Manuel Jabois, que consideran enemigo a cualquier futbolista del Barcelona, y que al día siguiente en el trabajo estaban de muy mala hostia. Pero éste que ha venido a hablar de su gol, dejó su lado acérrimo, ultra y radical en un extremo y dio con una pizca de necesaria serenidad.

En Stamford Bridge con todo perdido apareció ese verso de Machado (“en el buen sentido de la palabra bueno”) recitado por un héroe vacío de merchandising, Andrés Iniesta, para bautizar en forma de poema al FC Barcelona. Todavía continúo prendado. Y en parte me enorgullece porque sin esa obra artística de aquel paliducho, quién sabe si ahora mismo estaría hablando de Villaratos, hormonas, árbitros o dedos como camino y no de la alegría sin iras que aquel día me proporcionó Andresito. Un gol de los que abren fronteras.  Vivido por el niño que llevo dentro como un sueño. Un niño a punto de terminar este año la carrera al que le arrancaron sus pesadillas de un derechazo por toda la escuadra. El fútbol es mucho más que los berrinches del bar. 

*Colaboración para el blog muy recomendable de Juanan Salmerón http://elruidodelfondo.blogspot.com.es/



2 comentarios:

Arnau dijo...

Gracias por el artículo. De un culé que también ama el fútbol. En mayúsculas.

Weitz dijo...

Completamente de acuerdo Fonsi, este gol no sólo pertenece al Barcelona, este gol pertenece al fútbol.

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